viernes, 12 de abril de 2013

Las ventajas de ser un marginado.


¿Has sentido inseguridad el primer día de instituto? Porque yo sentí mucha, así que ya podéis imaginar que esta película me ha tocado bastante la fibra sensible ya que nos cuenta la historia de Charlie (Logan Lerman), un chaval que no lo ha pasado bien en el colegio en años pasados.

Con una detallada ambientación en los principios de los noventa, la película nos muestra como pasa Charlie su primer día de instituto dejando bien claro que no se le da nada bien hacer amigos. Aunque como he dicho, yo situo la película sobre los noventa, pero en realidad da igual ya que es un tema totalmente atemporal que ocurre y siempre seguirá ocurriendo.

lunes, 8 de octubre de 2012

Total Recall (2012). ¿Era necesaria?




Dudo que alguien se sorprenda si digo que Total recall es una película considerablemente mala. Seamos sinceros, estaba cantado. Vivimos en una época oscura para el cine, una época en la que el principal cáncer es la falta de originalidad, el reciclaje de recursos argumentativos que ya hemos visto una y otra vez. No es de extrañar, por lo tanto, que los guionistas y productores de Hollywood, que de algo tienen que comer, recurran a lo fácil: el remake, el reboot y la secuela. Está claro que la empresa de rehacer, reiniciar o continuar una película o saga exitosa tiene muchas menos posibilidades de convertirse en un fracaso, ya que atraerá a los nostálgicos, a los curiosos, a la gente que gusta de comparar entre dos versiones de una misma idea. Y es lo que sucede con esta película que, aunque lejos de arrasar en las taquillas, ha logrado unos beneficios que no se merece.

martes, 11 de septiembre de 2012

Juez Dredd (2012)



Muchos piensan que es un remake, segunda parte o precuela del Juez Dredd que hizo Stallone, el cual más cutre no pudo ser.

Pero NO. Es algo totalmente nuevo. Una película muy sombria, lúgubre, violenta y seria. Con lo cual han conseguido el auténtico Juez Dredd que vemos en el comic.

Con un comienzo bastante impactante os atrapará hasta el final. La mala está muy lograda y lo mejor es la atmosfera lúgubre y claustrofóbica que está muy conseguida.

Los efectos son geniales, sobre todo cuando se meten un chute de Slo-Mo (Una droga muy popular en MagaCity1) y toda la acción se muestra a una ultra cámara lenta, incluidas balas entrando y saliendo de cuerpos humanos.

El cine es entretenimiento y Juez Dredd entretiene mucho, por lo cual la recomiendo 100%.

Os dejo aquí la BSO que a mi me tiene enamoraito:

BSO Juez Dredd.


¿Queréis tiros, violencia, sangre y efectos de slow motion?
Pues "Juez Dredd" os dejará satisfechos.

viernes, 4 de mayo de 2012

Triple Salto Mortal



Un ensordecedor aplauso recibió gustosamente las piruetas que dibujaban en el aire los trapecistas. Luego, mientras redoblaban los tambores, la muchedumbre, en un silencio estremecedor, contempló el número estelar de la noche circense: el triple salto mortal. Aplausos y gritos eufóricos llenaron la carpa en aquella majestuosa noche de circo.

Dice un viejo refranillo que la primera impresión es la que cuenta. Joan Baruc no olvidará nunca aquella primera visita al circo. El mágico mundo del más grande de todos los espectáculos embelesó para siempre a Joan. Desde entonces su sueño dorado fue el trapecio. En su fantasía de niño y grabado en el corazón, el triple salto mortal se convirtió en su máxima ambición. Naturalmente aquel no fue el único circo que conoció.

Joan desde entonces y mientras terminaba una serie de estudios básicos, no perdió de vista cualquier acontecimiento circense que tuviese lugar en su localidad. En cada sesión esperaba con anhelo la presentación de los trapecistas, a los que aplaudía con más fuerza que a nadie. Llegó a poseer una gran colección de carteles de circo, y varios álbumes con fotografías y autógrafos de los mejores trapecistas del mundo, lo que contribuyó a seguir madejando el sueño de que, algún día, el también estaría en una carpa, y que, mientras los focos le alumbraban en al oscuridad, su triple salto mortal quitaría la respiración a todos sus compañeros de colegio, profesores, familiares, etc.…

Sus padres, viendo el interés del chico, no pusieron pega, excepto una vez concluidos los estudios medios, por aquello de la cultura. Y Joan estuvo de acuerdo.

En una ocasión en el instituto de bachillerato, durante la clase de gimnasia, comenzó a desafiar a otros chicos: a ver quien subía  rápido la cuerda. Presumiendo de sus conocimientos circenses ante unas chicas, comenzó la escalada contra-reloj. Fácilmente se impuso a sus compañeros, pero, una vez en el tope de la cuerda, quiso adornar su victoria intentando una difícil voltereta, que, a pesar de los avisos de sus condiscípulos, realizó a toda costa. Le salió medio bien, pero acabó medio mal. Dio la voltereta, pero le falto medir el impulso, y en la última instancia el peso de su cuerpo pudo más que el agarre de sus manos. Apena había altura pero la caída fue mala.

Los doctores que atendieron el caso dijeron con franqueza a los padres de Joan el problema surgido: lesión de cadera. No le impediría llevar una vida normal, trabajar (dependiendo de qué) y relacionarse, pero echaron abajo sus sueños circenses. Para siempre.

Joan no se recupero de esta frustración. Se vio torpe, ridículo, inservible; y, poco más tarde, en plena desolación familiar , dejó los estudios.
Durante meses fue tratado con bondad y compasión. Sus padres procuraron entender su trauma y dieron la mejor ayuda al compartir con Joan su fracaso, en conjunción con largas charlas y amor paternal, esperando que Joan recuperase su amor propio y, prontamente, recomenzase sus estudios. Joan, encerrado es si mismo, no comprendió bien que a veces, los sueños solo son sueños. Todo fue en vano. Jamás consintió en enfrentarse con el instituto, con su ridículo, como él lo definía.
A los 18 años obtuvo el carnet de conducir, que –como un pequeño claro en un día nuboso- alentó el decaído espíritu de Joan.

Pronto encontró trabajo como repartidor de una pastelería. Empezó a disfrutar de privilegios, tal como una independencia económica, con la que sus padres, en esta ocasión, no estaban muy de acuerdo en cómo era manejada. Adquirió un vehículo de segunda mano sin su consentimiento, lo cual abrió una grieta entre las relaciones familiares, y Joan se hizo más introvertido que nunca antes. Empezó a tener amistades extrañas (creo que cualquier padre que lea esto lo entenderá bien). Con frecuencia tomaba alcohol y no pasó mucho en adquirir drogas. Un día, tras una rabieta familiar, cogió su auto y se largo a toda velocidad por calles cercanas, donde por poco no causo varios accidentes, hasta que una patrulla municipal le detuvo. No solo había pasado los límites de velocidad, sino que también los del alcoholímetro. Joan conoció una nueva frustración cuando un juez le quito su permiso de conducir, y casi le meten en prisión por conducta temeraria y violenta. Además, sus padres se deshicieron del vehículo.

Desesperado, solo, sin trabajo, se abandonó por completo a manos de “mama heroína”, buscando una falso refugio en su angustia existencial. Para no causar más males a su familia se marcho solapadamente una madrugada, dejando una nota, parca en palabras, donde expreso su lamento por la situación a la que había llegado, sin ver un modo claro de retroceder: “ no os merecéis un hijo como yo, nunca os olvidaré, besos…etc.”

Al poco se vio durmiendo en portales, viviendo de míseras limosnas, ayudas sociales y “prestamos” que, en la situación en que se hallaba, nunca podría devolver.

Pero aun, dentro de aquella calamidad con piernas se hallaba el corazón de un niño soñador. Será esa bondad congénita lo que le hará ganarse la simpatía de las mismas personas a las que robaba después. El noventa por ciento de lo sustraído o “prestado” era invertido en droga. Gracias a la heroína, Joan dibujo mentalmente las bonitas actuaciones que sobre el trapecio se hayan visto. Ni que decir tiene que el triple salto mortal ocupaba el lugar de honor.

Finalmente sus “amigos prestamistas” le echaron el guante al salir de un refugio social. La cantidad adeudada era enorme. Le quitaron sus últimas pertenencias le llevaron ante un conocido mafioso de la ciudad. Este oscuro personaje regentaba desde las sombras un club de apostadores profesionales, evidentemente ilegal. Esta actividad hacía referencia a algo más que las típicas partidas o casinos clandestinos.

Realmente su “especialidad” consistía en lo que se dio por llamarse “circo urbano”. Aglutinaba esta versión circense todo clase de ingenio que incluyese, como diversión principal, el riesgo mortal: entiéndase por ello juegos como la “ruleta rusa”, el “surf del ascensor”, “equilibrios sobre trenes”, y , de más éxito reciente, los “kamikazes al volante”. El mafioso no hallaba mucha dificultad en reunir a sus “artistas de circo”; la mayoría, como Joan, eran reclutados obligatoriamente gracias al dinero que le debían.

En los ambientes de jóvenes ricos era la moda ruin y perniciosa este trágico “circo urbano” que, en pocos años, causó la muerte de más de cien jóvenes. Las cifras apostadas, a veces realmente altas (que al principio carecían de garantías) empezaron prontamente a contar con respaldos de funcionarios y políticos corruptos, cerrando una vez más el círculo vicioso y perenne.

Llevaba varios días encerrado en aquella mugrienta habitación, sin afeitar, con una dieta a base de bocadillos y durmiendo en un viejo catre; compartía cama con pulgas y cucarachas.

Una tarde gris de finales de otoño una especie de comisión se reunió en torno a él. El encierro le había dejado medio aturdido y ,al principio, no entendió bien las cosas. Luego, algo más adecentado y ante una mejor comida, pero frugal, las ideas se fueron haciendo más entendibles. Para saldar definitivamente su deuda, e incluso tal vez quedar con algo de “pasta” contaban con él para una “sencilla operación”. Joan, que no era tonto, se imaginó desde un principio que se trataría de conseguir participación en el “circo úrbano”. De todas maneras no tenía nada mejor, si bien, claro está, le propusieron una salida rápida y drástica del asunto, cortándolo en pedacitos y arrojando sus trozos al vertedero.
Todo muy convincente.

Debido a sus conocimientos le propusieron la prueba del “kamikaze”. 
Consistía esta prueba en hacer que un vehículo pasase al sentido contrario en la autopista próxima y que lograse mantener la circulación de esta forma durante más de 30 kilómetros. Naturalmente, si hacía menos o colisionaba perdía la apuesta y, además, la vida.

El Mafioso no era hombre fácil de convencer; con él no valían ni trucos ni artimañas. No estaba hecho para perder. Si durante la “actuación” alguno de sus “artistas” era detenido por la policía y encerrado a cal y canto, tarde o temprano le llegaba el ajuste de cuentas. De nada valía intentar escapar (como hicieron algunos), pues eso les hacía doblemente fugitivos: de la ley y del mafioso; y, de nuevo, una u otro le encontraría, con el mismo fin.

Aclarado el asunto, sobre las doce de la noche lo montaron en un auto, escoltado por cuatro guardaespaldas y seguido por otros dos vehículos. En uno iba el mafioso, en el otro los apostantes secretos. En un punto cercano a la autopista recibió las últimas instrucciones. En un plano se indicaba por dónde podría pasarse al carril contrario. No tendría problemas. Mediante un soborno se preparaba una entrada especial, invisible a los inspectores de la autopista. Si lograba llegar a cierto punto, de nuevo le sería indicada la salida, se reincorporaría a la circulación normal y, tras su regreso, todo habría terminado. Fácil, ¿no?

Se subió a un vehículo oculto, preparado para la ocasión. Cuando se dispuso a arrancar, el mafioso se acercó y, colocándole una pistola en la sien, le “recordó” su obligación por aquella noche. Arrancó y se alejó apresurado, queriendo terminar cuanto antes. Primero, por un sendero, llegó al carril de aceleración o entrada de la autopista. Mientras se dirigía hacia ella pensó por un instante que su suerte estaba echada, que iba a una muerte segura, y todo eso que uno pensaría en semejante embrollo. Poco después tomaba contacto con la autopista. Pasados unos kilómetros vio las señales luminosas hacia la izquierda, lo que le indicaba el punto de ruptura y el paso hacia el carril contrario. Todo fácil, planificado. De las sombras surgieron unos empleados, abrieron la mediana y recibió la última advertencia. De pronto una voz más amiga le dio ánimo. Le aseguró que sobre esta época el tráfico apenas es denso. La clave se encerraba en circular sobre tu derecha, o sea, la izquierda de los que vienen de frente, lo más pegado posible a la mediana, con el volante sujeto, pero permitiendo la versatilidad necesaria en caso de maniobras esquivatorias.

Aquello fue todo un bálsamo para Joan. Más relajado tuvo solo un pensamiento: ¡VENCER! Y él lo creyó posible. Si realmente, como le habían prometido, al pasar la prueba dispondría de dinero suficiente, intentaría cambiar de vida. Iría unos meses a un centro de desintoxicación que conocía. Durante un tiempo llevaría una vida espartana, pero recobraría el sentido común y renovaría su espíritu. Fortalecido así afrontaría un retorno al hogar. ¡HOGAR!, ¡Qué dulce palabra!

Aceleró el vehículo y entró en el carril opuesto en un claro en que no venían coches de frente. Estaba totalmente embelesado, como aquella noche de su infancia en el circo, absorto al volante, aferrándose a la vida, a una nueva vida.

Pronto unos vehículos pasaron por su lado, haciéndole señales acústicas y luminosas. En la lejanía se oían voces, insultos, bramidos de venganza y malos deseos. Poco a poco fue comiendo los kilómetros que le separaban de la libertad, convenciéndose a si mismo de la posibilidad de sobrevivir a la experiencia.

Cuando llevaba recorrido unos 20 kilómetros, un impulso repentino le hizo pisar a fondo el acelerador y alcanzar los 150 Km/hora, sin pensar en la peligrosidad y el riesgo que hacía corre a sí mismo y a los demás. De pronto, cercano a su objetivo, un vehículo que adelantaba a otro en una curva, también a buena velocidad, se dirigía como proyectil hacia Joan. 

Ambos vehículos se encontraron frente a frente deslumbrándose mutuamente con la luz de carretera o larga, rememorando las justas medievales. El vehículo frente a Joan no supo reaccionar ante el encuentro, pero sí lo hizo Joan, evidentemente más mentalizado a lo que se le avecinaba. Bastó un volantazo a al izquierda, eso sí, in extremis, y se libró del peligro inmediato; pero, confiado, se metió de lleno en el carril derecho, por donde circulaba el vehículo recién adelantado. Finalmente de nuevo en las últimas, un volantazo a la derecha salvó el nuevo obstáculo, pero entró de lleno en la curva y con la velocidad y la inercia propia se forja una fuerza difícil de controlar en la escasez de tiempo y espacio.

La mediana impulsó a Joan y el auto, como una catapulta al aire, cayendo a tierra con gran estrépito entre el suelo y el asfalto, dañando una instalación eléctrica responsable de la iluminación de la autopista en un tramo de varios kilómetros.

Una oscura y opaca noche cubrió - como una carpa - el aparatoso accidente. Entonces, unas breves llamaradas permitieron reconocer las retorcidas y ensangrentadas aristas metálicas. Luego, una gran llamarada final dio por terminada la última actuación de Joan Baruc, iluminando brevemente la negrura nocturna.

Antes de caer a tierra, el catapultado vehículo describió en el aire una pirueta circense que bien recordaba al famoso TRIPLE SALTO MORTAL de los trapecistas.

Seguro que eso hizo feliz a Joan.