Un ensordecedor
aplauso recibió gustosamente las piruetas que dibujaban en el aire los
trapecistas. Luego, mientras redoblaban los tambores, la muchedumbre, en un
silencio estremecedor, contempló el número estelar de la noche circense: el
triple salto mortal. Aplausos y gritos eufóricos llenaron la carpa en aquella
majestuosa noche de circo.
Dice un viejo
refranillo que la primera impresión es la que cuenta. Joan Baruc no olvidará
nunca aquella primera visita al circo. El mágico mundo del más grande de todos
los espectáculos embelesó para siempre a Joan. Desde entonces su sueño dorado
fue el trapecio. En su fantasía de niño y grabado en el corazón, el triple
salto mortal se convirtió en su máxima ambición. Naturalmente aquel no fue el único
circo que conoció.
Joan desde
entonces y mientras terminaba una serie de estudios básicos, no perdió de vista
cualquier acontecimiento circense que tuviese lugar en su localidad. En cada
sesión esperaba con anhelo la presentación de los trapecistas, a los que
aplaudía con más fuerza que a nadie. Llegó a poseer una gran colección de
carteles de circo, y varios álbumes con fotografías y autógrafos de los mejores
trapecistas del mundo, lo que contribuyó a seguir madejando el sueño de que,
algún día, el también estaría en una carpa, y que, mientras los focos le
alumbraban en al oscuridad, su triple salto mortal quitaría la respiración a
todos sus compañeros de colegio, profesores, familiares, etc.…
Sus padres,
viendo el interés del chico, no pusieron pega, excepto una vez concluidos los
estudios medios, por aquello de la cultura. Y Joan estuvo de acuerdo.
En una ocasión
en el instituto de bachillerato, durante la clase de gimnasia, comenzó a
desafiar a otros chicos: a ver quien subía
rápido la cuerda. Presumiendo de sus conocimientos circenses ante unas
chicas, comenzó la escalada contra-reloj. Fácilmente se impuso a sus
compañeros, pero, una vez en el tope de la cuerda, quiso adornar su victoria
intentando una difícil voltereta, que, a pesar de los avisos de sus
condiscípulos, realizó a toda costa. Le salió medio bien, pero acabó medio mal.
Dio la voltereta, pero le falto medir el impulso, y en la última instancia el
peso de su cuerpo pudo más que el agarre de sus manos. Apena había altura pero
la caída fue mala.
Los doctores que
atendieron el caso dijeron con franqueza a los padres de Joan el problema
surgido: lesión de cadera. No le impediría llevar una vida normal, trabajar (dependiendo
de qué) y relacionarse, pero echaron abajo sus sueños circenses. Para siempre.
Joan no se
recupero de esta frustración. Se vio torpe, ridículo, inservible; y, poco más
tarde, en plena desolación familiar , dejó los estudios.
Durante meses
fue tratado con bondad y compasión. Sus padres procuraron entender su trauma y
dieron la mejor ayuda al compartir con Joan su fracaso, en conjunción con
largas charlas y amor paternal, esperando que Joan recuperase su amor propio y,
prontamente, recomenzase sus estudios. Joan, encerrado es si mismo, no
comprendió bien que a veces, los sueños solo son sueños. Todo fue en vano.
Jamás consintió en enfrentarse con el instituto, con su ridículo, como él lo
definía.
A los 18 años
obtuvo el carnet de conducir, que –como un pequeño claro en un día nuboso-
alentó el decaído espíritu de Joan.
Pronto encontró
trabajo como repartidor de una pastelería. Empezó a disfrutar de privilegios,
tal como una independencia económica, con la que sus padres, en esta ocasión,
no estaban muy de acuerdo en cómo era manejada. Adquirió un vehículo de segunda
mano sin su consentimiento, lo cual abrió una grieta entre las relaciones
familiares, y Joan se hizo más introvertido que nunca antes. Empezó a tener
amistades extrañas (creo que cualquier padre que lea esto lo entenderá bien).
Con frecuencia tomaba alcohol y no pasó mucho en adquirir drogas. Un día, tras
una rabieta familiar, cogió su auto y se largo a toda velocidad por calles
cercanas, donde por poco no causo varios accidentes, hasta que una patrulla
municipal le detuvo. No solo había pasado los límites de velocidad, sino que
también los del alcoholímetro. Joan conoció una nueva frustración cuando un
juez le quito su permiso de conducir, y casi le meten en prisión por conducta
temeraria y violenta. Además, sus padres se deshicieron del vehículo.
Desesperado,
solo, sin trabajo, se abandonó por completo a manos de “mama heroína”, buscando
una falso refugio en su angustia existencial. Para no causar más males a su
familia se marcho solapadamente una madrugada, dejando una nota, parca en
palabras, donde expreso su lamento por la situación a la que había llegado, sin
ver un modo claro de retroceder: “ no os merecéis un hijo como yo, nunca os
olvidaré, besos…etc.”
Al poco se vio
durmiendo en portales, viviendo de míseras limosnas, ayudas sociales y
“prestamos” que, en la situación en que se hallaba, nunca podría devolver.
Pero aun, dentro
de aquella calamidad con piernas se hallaba el corazón de un niño soñador. Será
esa bondad congénita lo que le hará ganarse la simpatía de las mismas personas
a las que robaba después. El noventa por ciento de lo sustraído o “prestado”
era invertido en droga. Gracias a la heroína, Joan dibujo mentalmente las
bonitas actuaciones que sobre el trapecio se hayan visto. Ni que decir tiene
que el triple salto mortal ocupaba el lugar de honor.
Finalmente sus
“amigos prestamistas” le echaron el guante al salir de un refugio social. La
cantidad adeudada era enorme. Le quitaron sus últimas pertenencias le llevaron
ante un conocido mafioso de la ciudad. Este oscuro personaje regentaba desde
las sombras un club de apostadores profesionales, evidentemente ilegal. Esta
actividad hacía referencia a algo más que las típicas partidas o casinos
clandestinos.
Realmente su
“especialidad” consistía en lo que se dio por llamarse “circo urbano”.
Aglutinaba esta versión circense todo clase de ingenio que incluyese, como
diversión principal, el riesgo mortal: entiéndase por ello juegos como la
“ruleta rusa”, el “surf del ascensor”, “equilibrios sobre trenes”, y , de más
éxito reciente, los “kamikazes al volante”. El mafioso no hallaba mucha
dificultad en reunir a sus “artistas de circo”; la mayoría, como Joan, eran
reclutados obligatoriamente gracias al dinero que le debían.
En los ambientes
de jóvenes ricos era la moda ruin y perniciosa este trágico “circo urbano” que,
en pocos años, causó la muerte de más de cien jóvenes. Las cifras apostadas, a
veces realmente altas (que al principio carecían de garantías) empezaron
prontamente a contar con respaldos de funcionarios y políticos corruptos,
cerrando una vez más el círculo vicioso y perenne.
Llevaba varios
días encerrado en aquella mugrienta habitación, sin afeitar, con una dieta a
base de bocadillos y durmiendo en un viejo catre; compartía cama con pulgas y
cucarachas.
Una tarde gris
de finales de otoño una especie de comisión se reunió en torno a él. El
encierro le había dejado medio aturdido y ,al principio, no entendió bien las
cosas. Luego, algo más adecentado y ante una mejor comida, pero frugal, las
ideas se fueron haciendo más entendibles. Para saldar definitivamente su deuda,
e incluso tal vez quedar con algo de “pasta” contaban con él para una “sencilla
operación”. Joan, que no era tonto, se imaginó desde un principio que se
trataría de conseguir participación en el “circo úrbano”. De todas maneras no
tenía nada mejor, si bien, claro está, le propusieron una salida rápida y
drástica del asunto, cortándolo en pedacitos y arrojando sus trozos al
vertedero.
Todo muy
convincente.
Debido a sus
conocimientos le propusieron la prueba del “kamikaze”.
Consistía esta prueba en
hacer que un vehículo pasase al sentido contrario en la autopista próxima y que
lograse mantener la circulación de esta forma durante más de 30 kilómetros.
Naturalmente, si hacía menos o colisionaba perdía la apuesta y, además, la
vida.
El Mafioso no
era hombre fácil de convencer; con él no valían ni trucos ni artimañas. No
estaba hecho para perder. Si durante la “actuación” alguno de sus “artistas”
era detenido por la policía y encerrado a cal y canto, tarde o temprano le
llegaba el ajuste de cuentas. De nada valía intentar escapar (como hicieron
algunos), pues eso les hacía doblemente fugitivos: de la ley y del mafioso; y,
de nuevo, una u otro le encontraría, con el mismo fin.
Aclarado el
asunto, sobre las doce de la noche lo montaron en un auto, escoltado por cuatro
guardaespaldas y seguido por otros dos vehículos. En uno iba el mafioso, en el
otro los apostantes secretos. En un punto cercano a la autopista recibió las
últimas instrucciones. En un plano se indicaba por dónde podría pasarse al
carril contrario. No tendría problemas. Mediante un soborno se preparaba una
entrada especial, invisible a los inspectores de la autopista. Si lograba
llegar a cierto punto, de nuevo le sería indicada la salida, se reincorporaría
a la circulación normal y, tras su regreso, todo habría terminado. Fácil, ¿no?
Se subió a un
vehículo oculto, preparado para la ocasión. Cuando se dispuso a arrancar, el
mafioso se acercó y, colocándole una pistola en la sien, le “recordó” su
obligación por aquella noche. Arrancó y se alejó apresurado, queriendo terminar
cuanto antes. Primero, por un sendero, llegó al carril de aceleración o entrada
de la autopista. Mientras se dirigía hacia ella pensó por un instante que su
suerte estaba echada, que iba a una muerte segura, y todo eso que uno pensaría
en semejante embrollo. Poco después tomaba contacto con la autopista. Pasados
unos kilómetros vio las señales luminosas hacia la izquierda, lo que le
indicaba el punto de ruptura y el paso hacia el carril contrario. Todo fácil,
planificado. De las sombras surgieron unos empleados, abrieron la mediana y
recibió la última advertencia. De pronto una voz más amiga le dio ánimo. Le
aseguró que sobre esta época el tráfico apenas es denso. La clave se encerraba
en circular sobre tu derecha, o sea, la izquierda de los que vienen de frente,
lo más pegado posible a la mediana, con el volante sujeto, pero permitiendo la
versatilidad necesaria en caso de maniobras esquivatorias.
Aquello fue todo
un bálsamo para Joan. Más relajado tuvo solo un pensamiento: ¡VENCER! Y él lo
creyó posible. Si realmente, como le habían prometido, al pasar la prueba
dispondría de dinero suficiente, intentaría cambiar de vida. Iría unos meses a
un centro de desintoxicación que conocía. Durante un tiempo llevaría una vida
espartana, pero recobraría el sentido común y renovaría su espíritu.
Fortalecido así afrontaría un retorno al hogar. ¡HOGAR!, ¡Qué dulce palabra!
Aceleró el
vehículo y entró en el carril opuesto en un claro en que no venían coches de
frente. Estaba totalmente embelesado, como aquella noche de su infancia en el
circo, absorto al volante, aferrándose a la vida, a una nueva vida.
Pronto unos
vehículos pasaron por su lado, haciéndole señales acústicas y luminosas. En la
lejanía se oían voces, insultos, bramidos de venganza y malos deseos. Poco a
poco fue comiendo los kilómetros que le separaban de la libertad,
convenciéndose a si mismo de la posibilidad de sobrevivir a la experiencia.
Cuando llevaba
recorrido unos 20 kilómetros, un impulso repentino le hizo pisar a fondo el
acelerador y alcanzar los 150 Km/hora, sin pensar en la peligrosidad y el
riesgo que hacía corre a sí mismo y a los demás. De pronto, cercano a su
objetivo, un vehículo que adelantaba a otro en una curva, también a buena
velocidad, se dirigía como proyectil hacia Joan.
Ambos vehículos se encontraron
frente a frente deslumbrándose mutuamente con la luz de carretera o larga,
rememorando las justas medievales. El vehículo frente a Joan no supo reaccionar
ante el encuentro, pero sí lo hizo Joan, evidentemente más mentalizado a lo que
se le avecinaba. Bastó un volantazo a al izquierda, eso sí, in extremis, y se
libró del peligro inmediato; pero, confiado, se metió de lleno en el carril
derecho, por donde circulaba el vehículo recién adelantado. Finalmente de nuevo
en las últimas, un volantazo a la derecha salvó el nuevo obstáculo, pero entró
de lleno en la curva y con la velocidad y la inercia propia se forja una fuerza
difícil de controlar en la escasez de tiempo y espacio.
La mediana
impulsó a Joan y el auto, como una catapulta al aire, cayendo a tierra con gran
estrépito entre el suelo y el asfalto, dañando una instalación eléctrica
responsable de la iluminación de la autopista en un tramo de varios kilómetros.
Una oscura y
opaca noche cubrió - como una carpa - el aparatoso accidente. Entonces, unas
breves llamaradas permitieron reconocer las retorcidas y ensangrentadas aristas
metálicas. Luego, una gran llamarada final dio por terminada la última
actuación de Joan Baruc, iluminando brevemente la negrura nocturna.
Antes de caer a
tierra, el catapultado vehículo describió en el aire una pirueta circense que
bien recordaba al famoso TRIPLE SALTO MORTAL de los trapecistas.
Seguro que eso
hizo feliz a Joan.
Que grande eres campeón, buen trabajo.
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
EliminarDos palabras: im-presonante. Esta bordao. De veras. Me ha gustado mucho, felicidades y enhorabuena....
ResponderEliminarEste comentario ha sido eliminado por el autor.
EliminarAmigo, independientemente del pedazo de texto con el que has desvirgado tu blog, esta el tema "trasmisión" y "sentimiento" que aunque son dos palabras muy cursis, son importantes para que las cosas que hacemos gusten mucho más. A mi me ha trasmitido este texto mucho, y además me ha remontado a otros tiempos vividos por mi.
ResponderEliminarFelicidades y ya tienes a un fiel seguidor.
Un abrazo
Antes de nada darte la enhorabuena por empezar algo que te va a dar muchas satisfacciones. Ahora y en un futuro. ¡¡El texto me ha gustado mucho, muy bien detallado!!.
ResponderEliminarA lo mejor no le hubiese dado tantas comas para no pausar tanto el texto pero cada uno tenemos nuestra manera de escribir y la tuya es igual de estupenda. Espero que no pares de hacerlo, ¡¡un fuerte abrazo!!
Pues que quieres que te diga... Mancantao maestro. Un saludo de boca grande. ( Jose Luis)
ResponderEliminarMe gustó desde la primera línea. Es fascinante, absorbente, trepidante. Muy bueno. Sigo atenta para próximas entradas que espero y supongo tan estupendas como ésta.
ResponderEliminarSaludos.
Gusta!
ResponderEliminarMuy bien, engancha desde un principio. Lo más difícil -escribir bien aparte- es encontrar un tema que rapte al lector desde las primeras palabras y lo has conseguido¡¡¡.
ResponderEliminarTengo un blog, échale un vistazo por si quieres que te enlace. En sus tiempos tuvo muchísimas visitas pero ahora lo tengo un poco abandonado por el tuiter...
http://hermosasydivinas.blogspot.com.es/
Saludos de @agcapo65 ;), HoneyBB en mi blog
Me ha encantado, está muy bien escrito.
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